Un Amor para toda la Vida
La mayoría no estaba de acuerdo
conmigo. Para ellos Lisa no era la chica más linda del pueblo.
Tenía 13 años y no tenía tetas,
así que le decíamos Lisa, pero era capaz de pasar varias horas con nosotros y
de estar a nuestra altura. Eso era algo que nadie notaba, quizá porque era el
lugar en el que Lisa parecía haber estado desde siempre. Tenía el pelo negro y
los ojos verdes y los músculos del abdomen marcados como una tabla de lavar.
Era tan enérgica que a su lado uno se sentía estúpido. Y cuando uno se sentía
estúpido decía una estupidez, en general dirigida a ella. En esas ocasiones
Lisa podía golpearte o mirarte con desprecio, según su humor. Preferíamos ser
golpeados; el desprecio de Lisa era una de esas cosas que se recuerdan al otro
día. Por lo demás, todos estábamos enamorados de ella. Incluso los que decían
que había un montón de chicas más lindas.
Quizá he transmitido una primera
imagen falsa de Lisa. Falsa o incompleta. La verdad es que Lisa era la chica
más suave que conocíamos. Su voz, sus gestos, hasta el modo que tenía de dar un
paso adelante y uno atrás cuando algo la molestaba, sus risotadas, todo en Lisa
hacía pensar en algo nuevo y tan desconocido como ella. Era capaz de ganarte
una pulseada, pero también de dejarse ganar si veía que el asunto te importaba.
Siempre fue la más inteligente, la más... madura. Y le gustaba estar con
nosotros. Se aburría con las chicas de su edad. Todo lo que decía sobre ellas
era absolutamente cierto: eran pacatas, romanticonas y cobardes. Nosotros
éramos muy parecidos a ellas, pero no lo supimos hasta que los padres de Lisa
(y Lisa, milagrosamente) vinieron a vivir al pueblo.
En 1969 Ramallo era un pueblo de
calles de tierra con cunetas en las que crecían pastos de la altura de un hombre.
El padre de Lisa era ingeniero y trabajaba para una empresa alemana que solía
trasladarlo cada tres o cuatro años. Así que Lisa tuvo de entrada para nosotros
un aire de amiga provisoria que le daba cierto encanto extra. En la medida en
que estimulaba nuestra compasión por alguien que “no haría nunca amigos
verdaderos en ninguna parte”, nos desmentía con su desfachatez. La primera vez
que la vimos fue en el colegio. Era su primer día de clases en Ramallo, y llegó
tarde. Traía un ejemplar de la revista Vogue
en la mano. Era la clase de literatura castellana. El profesor se quedó mudo,
porque Lisa entró sin saludar (con una gran sonrisa dirigida al aula en
general) y fue a ocupar un banco sin preguntarle a nadie cuál. El profesor se
llamaba Rossini y era un hombre duro y muy resentido que en su juventud había
leído un libro, quizá uno y medio. Estoy seguro de que disfrutó el desplante de
Lisa sólo porque pensó que la chica le daba por primera vez en años la
oportunidad de destrozar a alguien con motivo.
Rossini se pasó la lengua por los
labios y le dijo:
–Buenos días, ¿no?
–Buenos días –respondió Lisa.
–¿Venís a esta clase? –le preguntó
Rossini con voz de mujer.
–Sí, desde ahora –dijo Lisa. Miró
a un lado y a otro y, haciéndose la inocente, dijo–: ¿Llego tarde?
Ahí nos arrancó la primera
sonrisa.
Rossini señaló la Vogue
de Lisa con un dedo (el dedo medio) y le dijo:
–¿Qué lees?
–No sé –contestó Lisa alzando la
revista–, nunca la abrí.
Rossini bajó la vista fingiéndose
confundido y, sin dejar de mirar al suelo (como si la chica le diera vergüenza
ajena), le preguntó:
–¿Y entonces para qué la tenés?
–Para que los boludos como vos
pregunten qué leo –fue la respuesta de Lisa.
El silencio que se hizo en ese
momento es algo que aún hoy, casi 30 años después, sigo oyendo con toda
nitidez.
La echaron. La reincorporaron al
otro día.
Nosotros habíamos quedado tan
fascinados con Lisa que lo único que pudimos hacer a partir de ese momento y
durante algunas semanas fue odiarla. Pero mientras ella, a su vez, odiaba
desinteresadamente a las chicas, nos conquistaba con su indiferencia y su
osadía. Daba la impresión de bastarse a sí misma de una manera que ninguno de
nosotros había sentido nunca (la habíamos visto, pero no la habíamos sentido).
Lalo era nuestro líder –era el más
fuerte– y enseguida estuvo de novio con Lisa. Siempre creí que Lalo se puso de
novio con Lisa para neutralizarla, al menos al principio, pero estoy seguro de
que ella lo amó desde el primer minuto en que lo vio. El hecho es que Lisa
llegó un 8 de septiembre y el 30 ya estaba de novia con Lalo. Los veintidós
días entre el 8 y el 30 la pasaron midiendo sus fuerzas. No se enfrentaron
nunca directamente: se limitaban al arreo y recuento de adeptos; en los recreos
o en la calle el que se acercaba a Lisa era de la banda de Lisa y el que seguía
con Lalo era de la banda de Lalo. Así de simple. Lalo permitió durante dos o
tres días que sus amigos volvieran con él luego de hablar con Lisa; a partir de
entonces, si Lalo hubiera sido un asesino, habría estimulado el regreso de los
que se habían atrevido a acercarse a Lisa sólo para matarlos después. Yo era
del bando de Lalo.
Nos reuníamos cada noche en la
cuneta de la esquina de casa después de cenar. Hablábamos de nada, éramos
expertos en eso. Y una de esas noches cayó Lisa. Venía sola. Apareció de pronto
y se deslizó con los talones sobre el borde de la cuneta (jugaba todo el
tiempo) hasta quedar sentada junto a Lalo.
–¿Qué andan haciendo? –dijo.
Lalo nos miró. Era la primera vez
que nos miraba antes de hablar.
–Nada –respondió–. ¿Vos?
–Yo sí –dijo Lisa–. Estaba en casa
más aburrida que una ostra (nunca habíamos escuchado eso) y de golpe llega mi
viejo y dice que compró un televisor. Mañana lo traen.
–¿Televisor? –dijo Dante con un
cantito irónico. Dante nunca sabía cuándo burlarse y cuándo sacarse el
sombrero.
En ese momento en la cuneta éramos
cinco, y de los cinco yo era el único que tenía un televisor. Lalo y los
muchachos venían a casa todas las tardes después del colegio a mirar Batman. Lalo era el que más tiempo se quedaba,
porque le gustaba la música y nosotros teníamos en el living un combinado Ken Brown. Mi viejo,
además, compraba un disco todos los meses (en casa estaban todos los discos de
los Beatles, un doble de los Bee Gees, uno de Pérez Prado, uno de Tom Jones...).
Lalo miró a Dante por encima de un hombro, como si Dante acabara de decir una
idiotez.
–¿No oíste que dijo “televisor”? –le
preguntó.
Los otros estaban tan embobados
con la aparición de Lisa que no se dieron cuenta de que era un buen momento
para reír. Dante bajó la vista. Lisa codeó a Lalo y le preguntó:
–¿Cómo se llama “éste”?
–Dante –dijo Lalo.
Lisa le dijo a Dante:
–Dante, ¿querés venir mañana a mi
casa a mirar televisión?
Lalo enderezó la espalda. Nunca
nadie lo había desafiado así. La chica se burlaba de nosotros o realmente
quería robarse a uno de los nuestros en nuestra propia cuneta.
Se hizo un silencio.
Después Lalo salió del agujero
donde creíamos pasarla bien y le ordenó a Lisa que lo siguiera.
Lisa se alejó con él unos quince o
veinte metros. Todos la seguimos con la mirada. Cuando por fin se detuvieron,
Lisa empezó a darle golpecitos en el pecho a Lalo con la punta de los dedos.
Mientras tanto, hablaba. Hablaba mucho. Y lo hacía no como si estuviera
discutiendo sino como si estuviera contándole algo. De pronto Lalo la agarró de
la muñeca y le dobló el brazo. Lisa apoyó una rodilla en el suelo, riéndose. Su
risa fue lo único que oímos. Se reía con soltura, con fluidez, como si hubiera
pasado años preparándose para ser humillada así. (Mucho tiempo después Lalo me
contó que, mientras él sostenía a Lisa de la muñeca, ella le dijo por lo bajo y
sin dejar de reírse: “Boludo, me vas a
hacer mear...”).
Lalo tenía su ideíta sobre el
amor... Su padre había abandonado a su madre cuando Lalo tenía 5 años. Le dijo
que amaba a otra mujer y que se iba a vivir con ella a la Capital pero que vendría a
verlo cada quince días. Nunca volvió. Tiempo después la madre de Lalo volvió a
casarse. Le dijo a Lalo que se había enamorado de ese hombre tan bueno al que
él solía llevar la bicicleta para que le inflara las gomas. Cuando Lalo tenía 7
años, la madre abandonó a su nuevo esposo. Se fue y dejó a Lalo con el hombre
bueno. El hombre era tan bueno que, para atenuar el sufrimiento de Lalo, le
dijo que su madre se había enamorado de otro hombre, cuando en realidad había
enloquecido, algo que Lalo no supo hasta muchos años después. En esa ocasión
creyó en lo que le decía el hombre bueno: su madre se había enamorado de alguno
de aquellos señores de traje verde que pasaron a buscarla en ambulancia. Así
que Lalo quedó solo y al cuidado del hombre bueno, quien dos o tres meses
después lo dejó para volver con su ex esposa. Lalo terminó viviendo en la casa
de una tía a la que apenas había visto alguna vez, porque sus padres la
odiaban. Y todo por amor.
Más que una ideíta lo suyo era un
tajo. Cuando sintió (cuando supo) que estaba enamorado de Lisa, lo primero que
hizo fue preguntarse a quién debería dejar él para irse con ella. Y nos dejó a
nosotros.
Desde que se puso de novio con
Lisa no lo vimos más.
Pasaba, sí, nos saludaba, a veces
nos hablaba. En los recreos del colegio no dejó de juntarse con nosotros, como
siempre, pero ya no ocupaba el centro y se encogía de hombros cuando alguien lo
miraba en busca de autoridad. Estaba todo el día con Lisa, incluso cuando ella
no estaba presente. Y a Lisa le pasaba lo mismo.
Una tarde, Lisa vino a casa. Yo
tenía la impresión de que Lisa no me había mirado ni siquiera una vez desde su
llegada al pueblo, así que me sorprendí cuando la vi entrar a mi cuarto. Entró
como si conociera el lugar y me habló como si continuara una conversación
interrumpida un minuto atrás:
–¿Podes decirle a Lalo que no sea
pelotudo?
Le pregunté a qué se refería y me
dijo sin vueltas:
–No quiere acostarse conmigo.
Me quedé helado. Lo próximo que
recuerdo es que me encontré con Lalo y le conté lo que me había dicho Lisa.
Lalo me escuchó en silencio. Cuando terminé de hablar, se quedó mirándome fijo
durante unos segundos. Después bajó la vista.
–Me quiero casar con ella –murmuró.
Era insólito. Lalo era el único de
la banda que había tenido relaciones sexuales. Y no con una chica sino con dos.
Lo envidiábamos por su noviazgo con Lisa, pero lo admirábamos por su
experiencia sexual. Yo tenía ya preparada una batería de razones para
convencerlo de que se acostara con Lisa (todas me las había dictado ella), pero
no pensaba usarlas: eran tan convincentes que Lalo hubiera terminado
acostándose con Lisa y eso no era lo que yo quería. Igual me sorprendió saber
que no tendría que usarlas, justamente por lo que acababa de oír. Nunca nada me
había sorprendido tanto. Sorprendido y alegrado.
Lalo quería que Lisa llegara
virgen al matrimonio. Era una convicción, pero también una prueba de su
adoración por ella, aunque a Lisa le parecía una idiotez. Ella quería que Lalo
fuera el primer hombre de su vida ahora.
Él quería lo mismo, pero después.
No hubo arreglo. En los meses que
siguieron me convertí en una especie de mediador sentimental. Empecé a salir
con ellos. A veces estaba con Lisa, a veces con Lalo, y a veces con los dos.
Lalo volvió a pasar cada tanto por casa para escuchar algún disco, y siempre
terminábamos hablando de Lisa. Él hablaba de Lisa. Yo escuchaba. Estaba loco:
hacía planes. No eran los planes de una decisión consciente sino los planes de
un ensueño más liviano que el aire de cualquier situación y cuyas burbujas
salían a la superficie de pronto, en todo momento y en todo lugar, al menos
cuando estaba conmigo: iban a tener tres hijos... iban a viajar a la ciudad de los
Beatles...
Nunca escuché en boca de Lisa nada
por el estilo. Todo lo contrario: Lisa vivía en el aquí y ahora, como todos
nosotros, con la diferencia de que su aquí y ahora, por el sólo hecho de estar
al lado de alguien como Lalo, podía resultar apabullante. Una tarde fuimos los
tres al balneario. Al “río”, le decíamos. Fue a principios de diciembre. Hacía
un año que Lisa estaba en Ramallo y aunque había ido en otras oportunidades al
río ésta era la primera vez que lo hacía en traje de baño. “Malla”, le decíamos.
Enfundada en una malla entera color ciruela con un millón de Pequeñísimas Lulú
estampadas en blanco, estaba (y no exagero) divina. Yo la miraba con una mezcla
de vergüenza por mi cuerpo y de admiración por el suyo tan evidente que Lalo y
Lisa se me acercaron uno después del otro y me dijeron:
–Tenés que tomar un poco de sol de
vez en cuando... –Lalo.
–¿Te gusto? –Lisa.
Quedémonos con Lisa.
–¿Por qué me preguntas eso?
–Porque me mirás con una carita
que... —dijo. Se quedó un momento mirándose en mis ojos con un gesto de Chica
Mala Inteligente, que sin duda era el mismo gesto con que se miraba al espejo,
y agregó–: Te besaría.
Me quedé helado. Dejarme helado
era uno de los trucos de magia que mejor le salían a Lisa conmigo. También
podía quemarme y hacer que me retorciera y que mi corazón hiciera entre un
latido y otro una pausa más larga de lo habitual.
En ese momento no le dije nada. Lo
que dije lo dije un momento después:
–Sí, bésame... por favor...
Pero tardé mucho: Lisa ya estaba
abrazada a Lalo, los dos de costado en la arena a veinte metros de distancia de
mí.
Tengo que reconocer que yo
reaccionaba mucho peor todavía cuando Lisa ni me miraba: en esos casos me
desenvolvía con bastante naturalidad ¡y hasta fingía ser valiente! Estoy seguro
de que su indiferencia me hizo mejor persona. Mi personalidad no estaba hecha
para ser moldeada por su amor sino por su desprecio. En casos como esos, que
eran mayoría (9 a
1), yo solía incluso hasta resultar interesante, al menos para mí.
Y ahora estaba allí de pie en la
orilla del río pateando el agua y observando embobado la espalda de Lisa en la
arena (y en brazos de Lalo). De pronto Lisa alzó la cabeza y le dijo algo que
no pude oír, aunque sonaba enojada. Se arrancó los brazos de Lalo de la cintura
y vino caminando rápido hacia mí.
Le pregunté qué le pasaba.
–Nada, ¿sabes qué? –me dijo de un
tirón–. ¡Estoy harta!
De nuevo le pregunté qué le
pasaba.
–A mí nada. A él. ¿No viste lo que
pasó recién?
Negué con la cabeza. Lisa me miró
un instante como si yo fuera un mentiroso (aunque había estado de espaldas a mí
sabía que yo la había estado observando) y me dijo:
–Lo mismo de siempre, pero cada
vez peor. Le metí una mano en la malla y le agarré la pija. ¿Y él? La semana
pasada no quería. Ahora quiere. La semana pasada a la semana pasada me chupó
las tetas, y la semana antes no quería. La semana antes de chuparme las tetas
me besó de lengua y la semana antes no quería. El boludo quiere. ¡Pero le lleva
tiempo!
¿Dije que Lisa era brillante? Era
brillante. Eso lo sé ahora. En aquella época, cuando ella decía cosas como ésas
yo me limitaba a mirarla como si entendiera lo que había dicho. Aquel día le
dije que entonces podía quedarse tranquila, porque tarde o temprano iba a
acostarse con Lalo...
Lisa se rió.
–Quería ver si me habías estado
espiando... –dijo–. ¡Ja, ja, ja! ¿Te creíste que le iba a meter la mano en la
malla a Lalo? ¡Si no se deja ni tocar el culo!
–¿El culo? –dije yo–. ¿Y qué tiene
que ver una cosa con la otra?
–Lalo me tiene las pelotas llenas –dijo
Lisa, seria de pronto–. Me tiene las bolas llenas, y yo... –lo pensó un segundo–:
sí, me voy a mi casa.
La detuve. Fue la primera vez que
agarré a una chica del brazo.
Y una vez más le pregunté qué
pasaba.
–Vos debés pensar que estoy
loca... –dijo–. ¿Pero sabés qué? Yo a la noche cuando me acuesto pienso lo
mismo. Estoy loca. Te juro que nunca pensé que me iba a pasar una cosa así. Yo
pensaba que me iba a enamorar de un chico y que el chico se iba a enamorar de
mí.
–¿Lalo no está enamorado de vos? A
mí me parece que Lalo está...
–Lalo lo único que quiere es que
yo sea la esposa. Y a mí me da rabia, porque me encantaría ser la esposa de él.
Me casaría mañana mismo si pudiera. ¡Pero el hijo de puta no me quiere ni
tocar! ¿Vos hiciste el amor alguna vez?
–¿Yo? –alcancé a decir.
–¡Yo nunca! ¡Y tengo más claro que
la mierda que ese pajero es el hombre de mi vida! ¡Pero él lo único que quiere
es que yo sea pura... para ser la esposa! ¿Entendés? ¡Lo mejor que yo tengo
para darle, que es mi amor, a él le parece no sé qué! ¿A vos te parece que el
amor es no sé qué?
Se fue. Lalo quiso detenerla, pero
Lisa se lo sacó de encima de muy (muy) mal modo y se fue haciendo chirriar los
pies sobre la arena.
Otro día vino a casa con un disco
de Los Pilines que le había comprado el padre. (Todavía conservo un ejemplar de
la revista Pinap en la que David
Bowie menciona al grupo chileno Los Pilines, pero lo mejor de todo es que
también tengo el único disco que grabaron, Up,
en 1967, y que Lisa me hizo escuchar esa tarde en casa. Cantaban en inglés,
algunos temas eran instrumentales, y el resultado general, obviando el sonido
de la época, era alucinante. Tengo discos del grupo argentino Conexión Nro 5,
de los alemanes Ugh!, de los ingleses Redention –en el que un jovencísimo John
Borham tocaba la batería antes de unirse para siempre a Led Zeppelin–, pero el
disco de Los Pilines es mi mayor tesoro, quizá porque fue un regalo de Lisa.)
Puse el disco y me senté en la cama, con la espalda apoyada en la pared. Lisa
se acostó en el suelo, en medio del cuarto, con las manos en asa bajo la nuca y
una pierna cruzada sobre la otra. Tenía puestas unas zapatillas Pampero Tennis
blancas, sin medias, un Lee con rodilleras de corderoy negro y una camiseta
roja sin mangas. En el antebrazo izquierdo había escrito con birome su nombre y
el de Lalo sobre una serpiente excesivamente ondulada.
Oímos el primer tema del disco sin
movernos. Pero con el comienzo del segundo tema ("Ho ho ho"), que era
el tema por el que Lisa le había pedido al padre que le comprara el disco, se
levantó, me dijo “Este quería que escucharas” y se puso a bailar sola en medio
del cuarto con un estilo que combinaba giros de lo más sensuales con golpes de
karateca y de peleador callejero.
En mitad del tema entraron mis
padres. Lisa no solamente no dejó de bailar sino que además les preguntó:
–¿Cuando ustedes eran jóvenes no
bailaban nunca?
Mi padre venía de buen humor. Le
guiñó un ojo a mi madre (no bailaban nunca) y le dijo a Lisa que ellos “no
hacían otra cosa que bailar”.
–¿Y entonces –dijo Lisa
señalándome con el mentón– a quién sale éste? ¡Hace como dos minutos que estoy
acá bailando sola!
–¿Vas a dejar que Lisa baile sola
otros “dos minutos”? –dijo mi padre.
Me encogí de hombros.
Mi padre, repentinamente animado,
agarró de una mano a mi madre y, mientras mi madre se reía tratando de
soltarse, hizo unos pasos de baile moviendo las rodillas como un espástico al
ritmo de un rock mental que no coincidía con lo que sonaba en ese momento.
Lisa aplaudió cuando el tema
terminó. Mi padre agradeció el aplauso con una inclinación y luego pasó una
mano por la cintura de mi madre y se la llevó hacia otro lugar de la casa. Iban
los dos riéndose, rejuvenecidos.
Lisa se sentó a mi lado en la
cama. Yo estaba muerto de vergüenza por el bailecito de mi padre.
–¿Querés que te recite algo que
escribí? –me dijo. Y recitó un poema de odio al sol, a las flores, a las
abejas, a todos los elementos de la primavera. En aquel momento me resultó
encantador. Era insolente, era divertido, y lo recuerdo palabra por palabra,
pero transcribirlo ahora, 28 años después, sería una ruindad.
–Está bueno –le dije cuando
terminó.
–¿No te gusta ninguna chica? ¿No
hay alguna chica que guste de vos?
Así era Lisa. Llegaba de golpe, se
ponía a bailar, te recitaba un poema y, sin esperar que dijeras nada, te
preguntaba si eras feliz, una cosa detrás de la otra y casi sin pausa, como si
estuviera siempre sola.
Mi sensación al hablar con Lisa
era la de que en cualquier momento sería interrumpido. Me parecía que no tenía
mucho sentido hablar en serio porque al final ella diría cosas como “¿Por qué
las chicas caminan siempre con los brazos cruzados?”, o algo por el estilo.
Lisa daba la impresión de estar pensando todo el tiempo en otra cosa. Pero ese
día estaba atenta, quizá porque yo no hice más que titubear. Al final Lisa
dijo:
–Vos a mí me gustás. Si no me
hubiera enamorado de Lalo, podría haberme enamorado de vos. No te rías, te lo
digo en serio. Me di cuenta ayer por una cosa que pasó...
–¿Qué pasó?
–Lorena me dijo que gusta de vos.
A todas las chicas les gusta un chico y a mí no me importa nada, pero cuando
Lorena dijo que vos le gustabas me dio celos. Prométeme una cosa... Si te ponés
de novio con Lorena y te casás con ella y tenés hijos, siempre vas a ser mi
amigo. Me lo tenés que prometer. ¿Vas a ser siempre mi amigo?
–Te lo prometo.
Se acercó y me dijo al oído:
–¿Y si no te ponés de novio con
Lorena ni te casás ni tenés hijos y yo me peleo con Lalo?
–También.
–Ahí tendrías que haber dicho que
no –dijo.
Y entonces hizo algo sorprendente:
me besó. Fue un beso brevísimo, más parecido a un golpe que a un beso, pero era
un beso al fin y al cabo.
–Ahora tenemos un secreto –dijo.
Qué astuta era. La excusa que
usaba para volverme loco era poner a prueba mi amistad. Mi padre, que en ese
momento salía otra vez de casa, al pasar delante de nosotros le dirigió a Lisa
un pasito de baile ridículo, como si hubiera tropezado a mitad de camino. Lisa
comentó:
–Es simpático...
Esa noche no dormí. No di una sola
vuelta en la cama; todo lo contrario: me acosté boca arriba y miré el techo
hasta el amanecer. Recién entonces el beso que me había dado Lisa se volvió
real.
Lamentablemente, al otro día todo
se volvió real: Lisa estaba de novia con Lalo.
Se había comprado un aerosol y
desplegaba su ingenio en las paredes de Ramallo. Por esa época Lisa andaba
siempre con el Diario del Che en Bolivia
(lo leía) y sus pintadas tenían un sentido entre risueño y funesto. Por
ejemplo: en una esquina en la que había un gran cartel de la firma Paladini que
decía “Fiambres y embutidos”, Lisa
había pintado debajo (con su aerosol mágico) “jamás serán vencidos”. Un monaguillo había escrito en una pared “Viene el Papa, viene Cristo”, y Lisa
había pintado por debajo “Se va el papa,
se va Cristo”.
Era porteña, pero había captado
inmediatamente el espíritu de Ramallo, y también en eso nos superaba a todos.
Decía cosas como “la sequía era tanta que
los árboles seguían a los perros”, o “aquél
es tan sucio que riega los calzoncillos para que cuando se tire un pedo no
levante polvo”. Lalo, siempre con un brazo sobre el hombro de Lisa,
festejaba orgulloso sus ocurrencias.
En cada uno de los días de ese
año, y también del año siguiente, vi a Lisa y no hubo una sola vez que no me
llamara la atención la ausencia absoluta de consecuencias que había tenido para
ella aquel beso. Ni una palabra, ni una mirada de complicidad, ninguna
alteración en la forma de tratarme, nada: sencillamente no le había importado,
se lo había olvidado, no había ocurrido.
Yo me consolaba pensando que lo
que me pasaba a mí era lo mismo que les pasaba a otros, pero no llegaba al
grado de inconsciencia de ellos, que corrían atrás de Ana convencidos de que
Ana era más linda. Yo me encerraba en mi cuarto y (a veces incluso con la
puerta abierta) lloraba y odiaba mi altura y mi cara. Después, aliviado ya del
peso de una angustia concreta, sentía esa rabia siempre tan simple de que las
cosas fueran así. En el fondo, lo que no entendía era por qué Lisa había
elegido a Lalo. En mi afán por degradarlo, descarté el hecho de que Lisa se
enamoró de, al menos en aquel momento, un líder, y me incliné a pensar que Lisa
se había apenas enamorado de su belleza. Me indignaba, pero también me hacía
más cruel. La noche de carnaval en que Lalo y yo decidimos disfrazarnos de Pija y Concha, cuando Lalo agarró el disfraz de Pija –algo que hizo con la naturalidad de un líder retirado– yo le
dije:
–Lalo, vos tenés novia, yo no. Si
las chicas se enteran de que yo era Concha,
no voy a tener nunca novia en este pueblo...
Y Lalo me cedió el disfraz de Pija.
Lo engañé.
Lo que ocurrió entonces, ocurrió
cuando yo había apagado ya hasta la más mínima ilusión de que Lisa se fijara
alguna vez en mí como en algo distinto de un amigo. Aparecimos de pronto (Lalo
con su disfraz de Concha y yo con mi
disfraz de Pija) en la Avenida principal y
empezamos a corrernos por entre la gente y las carrozas. Pija corría a Concha
(todavía no éramos sinceros). Se hizo un silencio y enseguida oímos carcajadas
y algún aplauso. La policía empezó a corrernos, también a pie. Corrimos todos
en zig zag.
Fue un suceso, al menos un suceso
a la medida de nuestra edad. Nuestros padres fueron a buscarnos a la comisaría
y nos dieron una cachetada a cada uno, pero al otro día éramos ídolos allí en
el pueblo. Todo el mundo hablaba de nosotros. Aunque no había clases, el
director del colegio al que íbamos irrumpió indignado en mi casa (ya había ido
a la de Lalo) a primera hora de la mañana siguiente para advertirme que él en
persona se encargaría de echarme el año próximo a la menor oportunidad. Pero
excepto el director y el comisario todos parecían divertidos con lo que
habíamos hecho.
¿Y qué importa? ¿Importa? Ahí no
empezaron los problemas. Empezaron una tarde en que Dante (el que nunca sabía
cuándo burlarse y cuándo sacarse el sombrero) dijo, según me contaron, de puro
aburrido, sin malicia, que Concha era
Lalo. Malicia hubo en la rapidez con que se propagó. Así que, desde su punto de
vista, Lalo no tuvo más remedio que hacer algo razonable: ya no era un líder y debía traicionarme. Dijo que Concha había sido yo. Se lo dijo sólo a
uno, para que lo supieran todos, y rogándole que no dijera nada, para que no
hubiera dudas de que decía la verdad.
En menos de una semana todo el
mundo me decía Concha. Pero excepto mi hermano, que me llamó Concha en una discusión (“callate,
Concha”, me dijo), nadie me decía Concha en la cara. Aquí hay que tener en
cuenta que mi hermano se había enterado no hacía mucho de que era adoptado...
Adelante de mí seguían llamándome
Pollo, un sobrenombre abominable que ahora adoraba. Antes que llamarme Concha
prefería llamarme Pollo toda la vida. La única persona aparte de mis padres que
me llamaba por mi nombre (Bruno) era Lisa. Y con el tiempo también Lalo, sin
duda porque se sentía culpable de los estragos que había causado en mi vida
cotidiana.
Una tarde le pregunté:
–Lalo, ¿vos dijiste que yo era
Concha?
–Te juro por Dios que no –me dijo.
Lo dijo demasiado rápido, como si
hubiera estado esperando la pregunta. Y se besó los dedos en cruz.
Me di cuenta de que había sido él.
Entendí que esperaba que yo le hiciera una pregunta como ésa, aunque no creí
que lo jurara. Lo perdoné. Mi intención al pedirle que el disfraz de Concha lo llevara él había sido bastante
oscura también, aunque en ningún momento se me había ocurrido traicionarlo –lo
mío era más bien un “por las dudas”–, así que no lo perdoné por eso sino porque
a partir de entonces Lisa se acercó a mí mucho más de lo que yo había soñado.
Que me dijeran Concha no solamente
no le molestaba sino que además la hizo interesarse por mí. De pronto estaba
allí en mi casa pidiéndome más de dos veces seguidas que le mostrara lo que
acababa de escribir, o me preguntaba cosas como qué iba a hacer cuando
terminara el colegio (ella quería viajar por el mundo), o (increíble) ¿te
acordás del beso que te di?
–Sí...
–Se lo conté a Lalo.
–¡No te creo! ¿Cuándo?
–Qué sé yo.
–¿Cuándo?
–El año pasado.
–Lisa...
–¿No fue hace un año ya?
–Fue hace nueve meses y medio.
–Hará nueve meses y medio
entonces.
–¿Y Lalo qué dijo?
–Se rió. No me creyó.
Era horrible. ¡Ni mi mejor amigo
me creía capaz de besar a Lisa! Y Lisa, por lo visto, no había insistido.
Después de todo, ¿por qué iba Lisa a pensar que le daría celos a Lalo
diciéndole que se había besado conmigo'? ¿Y por qué querría darle celos a Lalo?
Estaba a punto de creer que se habían confabulado en mi contra (Lalo para
traicionarme y Lisa para humillarme), cuando de pronto Lisa dijo que se iba de
Ramallo. Trasladaban a su padre. Lo trasladaban antes de lo previsto. Hacía
poco más de dos años que habían llegado. Me dijo que el mes próximo ya no
estaría allí.
Me dijo eso y me pidió que la
acompañara a la casa abandonada. La llamábamos así, “la casa abandonada”, pero
en realidad era una construcción interrumpida meses atrás, una serie de paredes
sin techo y sin piso por la que habíamos dejado la cuneta como lugar de
reunión, más que nada porque habíamos empezado a fumar, algo que allí podíamos
hacer sin temor a ser vistos. (Una noche Lisa fumó siete cigarrillos seguidos y
después no volvió a tocar uno.) En el fondo Lisa era una romántica. Alguna vez
me dijo que le gustaría perder la virginidad con Lalo en la casa abandonada,
echada sobre una manta en los pastos del living a la luz de la luna.
Era el atardecer. Yo estaba de lo
más tranquilo, no había nada extraño en la invitación de Lisa a ir con ella a
la casa abandonada: lo habíamos hecho mil veces en el último tiempo. Nos
sentamos en el suelo uno frente al otro y hablamos de cualquier cosa hasta que
se hizo de noche y dejamos de vernos. Entonces Lisa extendió una mano y me
acarició una mejilla. Después se acercó y me besó.
Yo dije su nombre. “Lisa”, dije.
Ella se apartó un momento de mí,
sacó algo del bolsillo y, mientras yo palpaba con la punta de los dedos la
cajita de cartón satinado que acababa de darme, se quitó los pantalones, los
extendió en el suelo y se acostó boca arriba sobre ellos.
–¿Me querés? –preguntó.
Aquella noche, después de hacer el
amor, caminamos juntos hasta mi casa. Ella vivía tres cuadras más adelante.
Caminamos callados, a la par, pero a cierta distancia uno del otro, como si
hubiéramos peleado.
En la puerta de casa le pedí que
no le contara a nadie lo que habíamos hecho.
–No seas boludo –me contestó
riéndose.
Me dio un beso rápido en la
mejilla y siguió caminando. Yo me quedé un momento allí parado. Lisa avanzó
unos metros con las manos en los bolsillos y de pronto echó a correr.
Durante la cena mis padres me
confirmaron que Lisa se iba de Ramallo.
–¿Sabés que los Mariátegui se van?
–le dijo mi padre a mi madre con el tenedor todavía en la boca.
–¡No me digas! ¿Cuándo? –preguntó
mi madre.
–A fin de mes.
–¡Qué raro que Rita no me haya
dicho nada! –comentó mi madre, extrañada de que los demás no la pusieran
inmediatamente al tanto de sus asuntos. –Estuve ayer con ella...
–Se enteraron hoy.
Fue un mes terrible. Lisa se iba a
vivir a Brasil, a Río de Janeiro, donde pasaría los próximos tres o cuatro años
de su vida. Lalo estaba destrozado. Mi madre me contó que la tía de Lalo se
reunió un par veces con los padres de Lisa para transmitirles su inquietud:
llevar su inquietud de un lado a otro era lo único que podía hacer. Lalo se
pasaba el día literalmente pegado a Lisa (de la mano, abrazados, siempre en
contacto) y en los pocos momentos a solas lloraba como un chico. Tenía 16 años.
Lisa cumplió 16 una semana después de irse.
Lalo nunca supo que Lisa y yo
habíamos hecho el amor. Desde aquella noche en la casa abandonada, Lalo siguió
siendo conmigo el mismo de siempre. Si hubiera sabido algo no se hubiera reído
cuando Lisa le contó que me había dado un beso: me hubiera matado. Aquella
noche, mientras nos poníamos los pantalones, Lisa me dijo:
–Estoy enamorada de Lalo. Y de vos
también. Pero Lalo es mi novio.
Yo hubiera preferido que Lalo me
matara. Hubiera preferido que me matara Lalo, no Lisa. Porque yo, si era Lalo
el que me mataba, después de muerto podría al menos haber dicho alguna cosa,
podría haber escrito abiertamente sobre ella, sobre nosotros tres, podría haber
encontrado algún consuelo en los motivos de mi traición (podría haberles dicho
la verdad a mis padres en cada una de las muchas ocasiones en que me
sorprendieron llorando, por ejemplo), pero la muerte que me daba Lisa era
íntima, un abismo secreto de dolor... Ni siquiera pude ir a despedirla.
La vi por última vez un día antes
de su partida, cuando vino a casa a regalarme el disco de Los Pilines. Tenía
que ir a alguna otra parte todavía y estaba apurada. Me dio el disco sin
ninguna solemnidad, todo lo contrario:
–Tomá, te lo regalo, a mí me tiene
las bolas por el suelo –fue lo que dijo.
Me recordó que se iba al día
siguiente después del almuerzo y me preguntó si iba a pasar por su casa a
despedirla. Quería darme su dirección en Brasil para que nos escribiéramos. Le
dije que iría, pero no lo hice. Todavía antes de salir alcanzó a decirme que me
odiaría siempre si mañana no la despedía con una sonrisa. Lalo me contó después
que Lisa, fiel a su estilo, quiso boxear con él antes de subirse al auto. Lalo
tenía la cara hinchada de tanto llorar; aun así, Lisa le pegó un puñetazo en la
nariz.
Al otro día, mientras Lisa se
despedía de Lalo, yo estaba sentado en la puerta de mi casa. Era un domingo de
principios de enero y hacía mucho calor. No había nadie en la calle. Me quedé
un rato largo allí sentado sin saber qué hacer ni adónde ir. El perro del
vecino se acercó lentamente con la cola entre las patas. No estaba seguro de
que yo tuviera ganas de acariciarle la cabeza, como había hecho un millón de
veces desde que los dos éramos cachorros. Algo le decía que éste no era el día.
Y tenía razón. Se llamaba Chingo. Me olfateó una mano y un pie y se echó a mi
lado. El calor hacía ondular la base de los árboles al fondo de la calle...
Pensé que si algún día me convertía en un escritor famoso y un periodista me
preguntaba qué era el infierno yo le diría que el infierno era eso. Todavía hoy
creo que el infierno es un domingo de verano a las tres de la tarde en Ramallo.
Me llevó un tiempo caer en la
cuenta de que Lisa se había ido. Diría que lo entendí recién cuando Lalo
recibió su primera carta desde Brasil, siete días después. Lalo se me acercó en
el primer recreo del colegio, sacó del bolsillo unas hojas de papel de arroz y
me las apoyó en el pecho con cierta violencia, como si el hecho de no
habérmelas alcanzado durante la clase lo hubiera irritado.
–Es de Lisa –dijo.
Alcé una mano y agarré la carta.
Eran cinco hojas escritas con letra pequeña en tinta azul. Lo primero que hice
fue buscar su firma en la última hoja, como si no creyera que tenía una carta
de Lisa en las manos. Después leí. La ansiedad me contraía la cara de un modo
tan evidente que hasta yo, que estaba absorto en lo que leía, lo noté.
Pero Lisa no decía gran cosa...
hasta el final. Acababa de llegar a Rí o
de Janeiro y las cuatro primeras páginas no eran más que una descripción
obsesiva y muy aburrida del periplo que la había llevado desde Ramallo hasta
Río, con algunas pinceladas pintorescas sobre un chino down que iba sentado a
su lado en el avión, o melancólicas y divertidas: pincharon una goma a siete
cuadras de la casa de Ramallo... su padre sacó la rueda y la llevó a la gomería
de Unsen, que estaba cerrada porque era domingo, así que tuvo que... Resultado:
Lisa, estuvo en Ramallo unas tres horas más sin que nosotros lo supiéramos.
Tres horas más, cuando cada minuto desde su partida era una tortura, y nosotros
no sabíamos que seguía allí. ¡Estaba tan cerca de la casa de Lalo, tan cerca de
la mía! Y ella –increíble– decía que no había ido a vernos “porque la despedida
estuvo muy bien y no quería arruinarla”. Al final, sin embargo, le hablaba a
Lalo del amor que sentía por él diciendo cosas como “yo también te voy a querer
toda la vida”, o “sí, estoy de acuerdo con vos”, como si continuara una
conversación interrumpida.
Postdata: “Un beso para Bruno”.
–¿Vos ya le escribiste? –le
pregunté a Lalo devolviéndole la carta.
–Antes de venir. La recibí y le
escribí. Ahora cuando salga de acá la llevo al correo.
–¿Qué quiere decir eso de “...aunque
salga con 40 tipos y tenga una colección de hijos...”?
–Una cosa que nos dijimos una
vez... –dijo Lalo–. Que ella aunque salga con 40 tipos y tenga un montón de
hijos me va a seguir queriendo. Yo le había dicho que la iba a seguir queriendo
aunque quiera a otra.
Ahí fue cuando entendí que Lisa se
había ido.
Supe también que había engañado a
alguien; hasta ese momento no había sentido culpa, no había sentido nada aparte
de mi amor por Lisa. Aunque Lalo tenía ganas de llorar, dobló un poco las
rodillas y me miró desde abajo con una sonrisa:
–¿Qué te pasa, boludo? –me dijo.
–La extraño.
Lalo se enderezó despacio (“Yo también”, quiso decir). Y entonces –no
sé de dónde saqué coraje– le pregunté si finalmente había hecho el amor con
ella.
–Sí –dijo él.
–¿Sí? Pero cómo, ¿no era que vos
no...?
–Unos días antes de que se fuera.
–¿Cuántos días?
–Qué se yo.
–¡Más o menos...!
–No sé, cinco... seis...
–¿En la casa abandonada?
Lalo me miró.
–¿Y qué mierda te importa a vos? –dijo.
¿No había sido yo el primer hombre
que hizo el amor con Lisa, entonces? ¿O sí? ¿Lisa había hecho el amor con los
dos el mismo día? ¿Y cuál de los dos había sido el primero? Estas son las cosas
que me pregunté después de sentirme engañado. Porque lo primero que sentí fue
eso: que Lisa me había engañado. Era ridículo, porque Lisa no era mía. Que no
era mía lo sabía. Pero que nunca sería mía lo confirmé cuando yo mismo recibí
una carta suya. No tenía cinco hojas sino apenas una y, aunque no hablaba de
nada aparte de mí –de ella y de mí–, no decía una sola palabra sobre su nuevo
barrio, sobre sus nuevos amigos, sobre las cosas que le gustaban o no, como
hacía cuando le escribía a Lalo. ¡Los detalles de su vida cotidiana no debían
de importarme en absoluto! Lo que Lisa y Lalo se habían dicho –“... aunque salga con 40 tipos...”, y “...te voy a querer aunque quiera a otra...”–
era absolutamente cierto.
Lalo recibió una carta de Lisa
cada semana durante los dos primeros meses. Eran cartas largas y minuciosas y
estaban tan sencillamente escritas que uno podía ver a Lisa en las playas de
Río, de espaldas al mar con los brazos cruzados, o metiendo la mano abierta en
el pelo ensortijado de un carioca (su nuevo amigo Gil, vendedor de helados y dealer). En los meses siguientes las
cartas se fueron espaciando y haciendo más breves, y poco menos de un año
después de su partida no llegó ninguna hasta el próximo verano. Entre ese
verano y el siguiente, cuando me fui de Ramallo, Lalo recibió apenas dos cartas
más (la última, en realidad, era una postal). A mí no volvió a escribirme,
quizá porque yo nunca contesté aquella primera y única carta suya.
En 1975 vine a Buenos Aires a
estudiar Letras. Vivía en un departamento que habían comprado mis padres sobre la Avenida Coronel
Díaz, muy cerca de Santa Fe. Iba a Ramallo los fines de semana o cada quince
días y me encontraba con algunos de
los chicos, cuyos padres habían elegido que estudiaran en Rosario. Lalo había
repetido el último año del secundario, pero aun a pesar de su ventaja con la
edad no había recuperado su rol de líder ni siquiera con los que venían atrás.
Simplemente no le interesaba. Andaba con muchachos un poco mayores que él,
incluso estuvo un tiempo de novio con una chica de 25, y un día que pasamos
junto a un tapial en el que alguien había pintado con aerosol rojo La compañía de monte Ramón Rosa Jiménez
vencerá – ERP, me confió que lo había hecho él.
En 1978 fuimos juntos a Río de
Janeiro. Teníamos 22 o 23 años y nos quedamos diez días en un hotelucho de
Copacabana. Nunca habíamos estado juntos y solos fuera de Ramallo y notamos
ciertas diferencias irreconciliables entre nosotros. No nos gustaban las mismas
cosas, muy pocas veces coincidíamos en lo que teníamos ganas de hacer. A Lalo
le gustaba caminar arriba y abajo por la playa mirando a la gente. A mí no se
me escapaba que Lalo tenía la esperanza de ver a Lisa.
Una tarde se estaba bañando en el
mar y de pronto notó que había perdido el collar que llevaba al cuello, un
cordón negro del que colgaba el anillo de casamiento de su padre. Lo buscó un
rato en el agua inútilmente, pero no se dio por vencido: se sentó en la orilla
con los brazos cruzados sobre las rodillas a esperar que una ola se lo
devolviera. Yo tenía ganas de ir a tomar una cerveza a uno de los bares sobre
la playa, pero Lalo no quiso moverse de allí. Estaba convencido de que el mar
se lo iba a devolver. Me fui solo. Caminé un rato por la Rua Copacabana ,
tomé una lata de cerveza parado en una esquina... Cuando volví a la playa
atardecía. Y Lalo seguía en el mismo lugar.
Me senté a su lado en silencio.
Durante unos minutos miré el rosa
del cielo, nacarado como el interior de una almeja.
–¿Estará muy distinta? –me
preguntó Lalo de pronto.
–¿Quién?
–Lisa.
Era la primera vez que la
nombrábamos en mucho tiempo. Yo sabía que él había insistido en venir de
vacaciones a Río porque tenía la esperanza de un encuentro casual con Lisa, y
quizá él también sabía que yo me había entusiasmado con la idea por la misma
razón, pero nunca lo habíamos dicho. Todo lo contrario: fingíamos haberla
olvidado prolijamente. Hacía mucho que no teníamos noticias de ella. Lalo le había
escrito varias cartas más después de recibir la última de Lisa, pero ella había
dejado de escribirle por completo.
–A lo mejor vive por acá cerca... –dije
yo.
Lalo se rió:
–Qué raro sería que ella viva ahí
nomás –dijo señalando con el pulgar sobre su hombro hacia los edificios a
nuestra espalda–, y que nosotros estemos acá, y que al final nos vayamos de
vuelta sin habernos visto, ¿no?
–¿Y si vamos a buscarla?
Era la pregunta que no nos
animábamos a hacer. No nos animábamos a ir a buscarla, en realidad. Podíamos
haber hecho esa pregunta cien veces, y de hecho, al menos yo, la había hecho
mentalmente una y otra vez desde el primer día en Río, pero Lalo se negó y me
confió por qué: dijo –con otras palabras– que no le gustaría encontrarse con
Lisa y descubrir que ella apenas se acordaba de él. Prefería vivir con la
promesa de “amor para siempre” que se habían jurado. De pronto me pareció el
tipo más débil del mundo, el más temeroso, incluso un poco estúpido. ¡Y pensar
que durante años había sido nuestro líder!
–Vamos a buscarla –dije,
estimulado por su miedo.
–Ni pienso –dijo Lalo.
Se levantó, apuntó el cuerpo hacia
el hotel y empezó a caminar hacia allí. Vi que llevaba el collar con el anillo
de su padre otra vez al cuello. Di una carrerita hasta él.
–¿¡Lo encontraste!?
–Fue un milagro.
–¿Trajiste la dirección?
–La sé de memoria.
–¿Vamos, entonces?
Negó con la cabeza.
–¿Por qué no? –le pregunté.
–Porque no –me dijo–. No quiero,
no tengo ganas.
A la mañana siguiente me desperté
al oír un golpe fuerte en la calle. Abrí los ojos y vi que Lalo acababa de
levantarse de mi cama (estaba sentado a los pies de mi cama). Fue hasta la
ventana y miró hacia afuera.
–¿Qué fue eso? –le pregunté.
–Un choque –dijo Lalo–. Dos
colectivos.
Fui hasta la ventana. Un colectivo
se había incrustado en la parte trasera de otro colectivo. Desde todos lados
venía gente a mirar.
–Fui a buscarla –dijo entonces
Lalo.
Y me contó. Se había levantado
temprano y había tomado un taxi hasta la casa de Lisa. No era lejos de donde
estábamos: unas veinte o treinta cuadras, en el barrio de Leblón. Me dijo que
tenía el corazón en la boca mientras iba hacia allá; mientras lo contaba, se
retorcía los dedos.
Llegó a una casa pequeña y
amurallada y se dijo que si dudaba un solo instante se iría de allí sin haber
llamado, así que fue directamente al portón de hierro negro y tocó el timbre
dos veces. Vio en el portón por debajo del timbre un dibujo del signo de la
paz, raspado quizá con una llave o un cuchillo: el portón había sido repintado
pero la marca del dibujo era bien visible. Se sonrió. Un hombre con la mitad de
la cabeza pelada y una coleta de pelo blanco en la nuca entreabrió el portón y,
cuando Lalo le dijo que buscaba a Lisa Mariátegui, le dijo que la familia
Mariátegui no vivía allí desde hacía dos años o más. Lalo se presentó diciendo
que era un amigo argentino de los Mariátegui y le preguntó si podía darle la
nueva dirección. El hombre se sonrió. No, no podía, no la sabía... Lo único que
sabía era que los Mariátegui se habían ido a vivir a Venezuela.
Me quedé mudo. Lalo giró de nuevo
hacia la ventana y señaló hacia afuera con el mentón:
–Hay heridos, mirá –dijo.
En 1978 los militares lo sacaron
de los pelos de la casa de su tía. Lalo estuvo dos años preso en la cárcel de
San Nicolás. De pura casualidad, lo soltaron el mismo día que murió su tía.
Lalo la enterró y se metió en la cama. Me dijo que lo que más había extrañado
en la cárcel era la cama, pero me confesó también que apenas se acostó le
vinieron unas ganas tremendas de llorar por Lisa. Nunca había llorado por ella
en prisión. El día que me dijo eso fue una de las últimas veces que lo vi.
Mis padres vendieron la casa de
Ramallo en 1982 y mi hermano y ellos se vinieron a vivir a Buenos Aires. Mi
hermano hizo varios intentos de instalarse conmigo, pero no tuvo más remedio
que seguir con ellos en el departamento que habían comprado a dos cuadras del
mío. Así que yo dejé de ir a Ramallo por completo. Más tarde abandoné la
carrera de Letras para estudiar Filosofía, que también abandoné para dedicarme
a escribir guiones de televisión. Ahora vivo de eso. Escribo unos programas
espantosos y muy exitosos y he ganado bastante dinero. Colecciono discos raros,
ejemplares inhallables. Estoy seguro de que la mía es una colección importante.
Viví tres años en Madrid antes de volver definitivamente a Buenos Aires. Me
casé. Tengo dos hijos, de 5 y 7 años. Quiero a mi mujer y ella me quiere. Me
cuesta decirlo, porque no coincide con lo que imaginé, pero esa es mi vida.
Hace muchos años que no veo a
ninguno de los amigos de Ramallo. Perdí todo contacto con ellos desde que dejé
de ir y con excusas totalmente banales evité encontrarlos cada vez que alguno
me llamaba. La mayoría de ellos no se ha movido nunca de Ramallo. La última vez
que estuve allí, iba, en realidad, a Rosario, cuando de pronto decidí desviarme
y entrar un momento al pueblo para echar un vistazo a la casa en la que había
nacido. Estaba igual, excepto por el hecho de que sus nuevos dueños habían
cortado los árboles del frente y la habían pintado de gris con las aberturas en
blanco. Un chico de 5 o 6 años lloraba subido a una bicicleta amarilla con
rueditas. No había nadie con él.
Un minuto después toqué el timbre
en la casa de Lalo. Era la una del mediodía de un lunes. Esperé un momento y
volví a llamar y como nadie salía volví al auto.
–¿Bruno?
Me di vuelta y vi a Lalo en la
puerta. Tenía un cigarrillo apagado en los labios y un ojo entrecerrado, como
si el cigarrillo estuviera encendido y el humo le molestara.
Nos dimos la mano, nos palmeamos
un poco los hombros, y finalmente nos abrazamos. Olía a alcohol. Le dije que
estaba de paso, pero insistió para que me quedara a comer con él. Estaba
cocinando.
Me senté a la mesa. Era la misma
mesa de siempre, la misma silla. Nada había cambiado, excepto por la
degradación. Ni siquiera el color de las paredes. El retrato de la tía Sara
seguía en su marquito de mármol al pie de la misma lámpara sobre el mismo
aparador. Lalo salió de la cocina y dejó sobre la mesa una olla con un guiso de
lentejas y una botella de vino. Sirvió dos vasos hasta el borde, agarró el
suyo, lo alzó ante sus ojos con el meñique separado del vaso y dijo:
–¡Salud! –y bebió la mitad del
vaso. Luego lo apoyó sobre la mesa con cuidado, sin un solo ruido–. Contame –dijo.
Le conté algunas cosas, haciendo
especial hincapié en mi vida en Madrid, como si hubiera querido alejarme todo
lo posible de él.
Lalo hizo lo mismo, cuando llegó
su turno de hablar. Me dijo que había abierto una gomería, que una vez había
chocado y había estado una semana internado, que miraba mucha televisión, que
se reía cada vez que veía mi nombre “impreso” en los créditos de alguna
telenovela... No hizo en ningún momento la más mínima alusión a nada que nos
hiciera retroceder en el tiempo un sólo minuto más allá de los últimos
veinticinco años. Pero los efectos de aquella época –de aquel amor– eran lo
único que se veía. En cada pausa de la conversación, cada vez que Lalo alzaba
los ojos y me miraba, yo me daba cuenta de que se moría de ganas de hablar de
Lisa. Pero no la mencionó.
Vivía solo. Había estado saliendo
con una mujer mayor que él, pero la había dejado porque, dijo, era “más
aburrida que chupar un clavo”, y eso que había sido la relación más importante
de una decena de noviazgos más allá del mes. Tenía ojeras, parecía diez años
mayor de lo que era, y movía las manos –opacas y de uñas negras– lentamente,
como si las afectara el espesor del aire. No creía en nada, y al mismo tiempo
estaba tan dispuesto a emocionarse que daban ganas de nacer de nuevo.
Le di mi número de teléfono
sabiendo que nunca me llamaría y prometimos volver a vernos sabiendo que no era
verdad. Un momento antes de irme se atrevió a hacer algo que me da la razón
acerca de lo que he dicho sobre él: fue a su cuarto y regresó con las fotos que
nos habíamos sacado en Brasil y que yo no había vuelto a ver. Ahí estábamos en
malla parados frente a la cámara, serios los dos, él con un brazo sobre mi
hombro, en alguna playa de Río... Ahí estaba yo dormido en la cama del hotel,
con los labios apretados, como si estuviera despierto y fingiera dormir... Mostrarme
las fotos fue lo más que se atrevió a acercarse a Lisa.
Llegué a Rosario en cuarenta
minutos. Nunca había manejado tan rápido.
Una noche, tres o cuatro años
después, estoy cocinando y oyendo Living
in the past, de Jethro Tull –mis hijos miraban dibujitos animados en el
cuarto–, cuando escucho que la puerta de entrada se abre y oigo la voz de mi
mujer llamándome. El tono de sorpresa de su voz me hizo salir de la cocina por
primera vez en mucho tiempo al oírla llegar.
Nora estaba de pie en medio del
living con una sonrisa de oreja a oreja y me miraba nerviosamente... a mí y a
la mujer que estaba a su lado.
La reconocí en el acto.
–¡Concha! –dijo Lisa riéndose.
Al oír "Concha" la cara
sonriente de mi mujer se invirtió hasta el fruncimiento, como si algo en el
interior de su cabeza le hubiera dado de pronto una chupada, succionándola.
A los 45 años Lisa seguía llevando
el mismo corte de pelo que a los 16. No importa, eso no importa. Tenía todavía
aquellos ojos que sonreían hasta cuando estaba enojada. Hacía mucho frío afuera
y llevaba encima tanta ropa que cuando nos abrazamos lo único que sentí de ella
fue la punta helada de su nariz sobre mi sien izquierda.
–No sabés cómo te extrañé... –me
dijo al oído.
Hablamos.
Hablamos, hablamos.
Nora estaba encantada con Lisa.
Dijo que Lisa había llamado a casa hoy a la mañana –Lisa había buscado mi
apellido en la guía telefónica porque “estaba segura de que vivías en Buenos
Aires”–, dijo que ella había atendido y que Lisa le había dicho quién era y que
le había pedido encontrarse con ella en la esquina a determinada hora para
darme una sorpresa. No quería hablar por teléfono conmigo ni ser atendida por
el portero eléctrico. Quería estar ahí de golpe.
–¿Y si era un ladrón... una
ladrona? –dije yo. Mi mujer se congeló en un gesto de sorpresa: no se le había
ocurrido.
Pero Lisa la sacó del apuro
haciendo un chiste verdadero:
–Le dije que había hecho el amor
con vos.
Mi mujer se descomprimió y soltó
una carcajada. Sí, estaba encantada con Lisa. Y también los chicos, que durante
la cena casi no la dejaron probar bocado.
A la medianoche Nora acostó a los
chicos y no volvió (se había quedado dormida; reapareció a la una de la mañana,
se disculpó y no volvió a molestar). Lisa y yo habíamos fumado un cigarrillo de
marihuana y nos interrumpíamos a cada rato no para hablar sino para escuchar al
otro. Yo no quería que Lisa dejara de contarme las cosas que me contaba, y Lisa
hacía lo mismo conmigo, aunque sospecho que en su caso aprovechaba mis largas
peroratas para descansar.
Me preguntó por Lalo. Le dije que
hacía mucho tiempo que no sabía nada de él. No lo había visto bien la última
vez. Se había casado, se había separado enseguida y tenía un hijo de dos o tres
años. El chico era autista... Lisa se llevó una mano a la boca. Después me dijo
que tenía muchas ganas de verlo y me preguntó si podía llamarlo.
–¡Claro! –dije yo.
Le di el número de Lalo.
Lisa marcó el número y, mientras
el teléfono sonaba en la casa de Lalo, dijo:
–Son las dos de la mañana. El hijo
de puta tiene que estar sí o sí... –El teléfono sonó unas cuantas veces más–.
¿Dónde puede haber ido a esta hora?
Me resultó increíble que Lisa,
después de casi treinta años de no ver a Lalo, se preguntara dónde podía haber
ido un lunes a las dos de la mañana.
Finalmente Lalo atendió.
–Lalo... Soy Lisa –dijo ella.
Se hizo una pausa.
“Lisa”, repitió.
Otra pausa.
–¿Estabas durmiendo?
Era una pregunta estúpida, pero vi
que Lisa tenía los ojos llenos de lágrimas: en ese momento no era capaz de
hacer ninguna pregunta que no fuera estúpida. Ahora que lo escribo me doy
cuenta de cuánto me hubiera gustado que, en lugar de confabularse con mi esposa
para darme una sorpresa, me hubiera hecho esa pregunta a mí.
Me levanté para dejarla hablar a
solas y fui al cuarto de los chicos a ver cómo estaban. Los tapé bien, hasta el
cuello, le di un beso en la frente a cada uno, y cuando me incliné para apagar
el televisor vi que en la pantalla un actor hacía lo mismo con sus hijos
actores en el comercial de un Banco privado. Me senté en una de las camas hasta
que Lisa dejó de hablar.
–Le pedí que viniera mañana –me
dijo después, cuando volví al living. Y agregó–: Mañana viene.
Lisa se quedó a dormir en casa. A
la mañana siguiente muy temprano fue a la estación de ómnibus a buscar a Lalo.
No sé cómo fue ese encuentro, ninguno de los dos me lo contó. Volvieron
curiosamente rápido y Nora y yo los invitamos a almorzar afuera. Me sorprendió
que volvieran tan pronto.
Fuimos a un restaurante italiano.
Lalo se sentó frente a Lisa. Tenía puesto un viejo traje azul y una camisa
blanca y parecía inquieto. Durante un rato se hicieron algunos silencios de lo
más incómodos, unos silencios que mi mujer, a quien yo había resumido la
historia de Lisa y Lalo, intentó llenar siempre sin éxito. Pero eso duró sólo
un momento. Enseguida Lisa empezó a contarnos algunos episodios de su vida (los
mismos que me había contado la noche anterior, pero ahora llenos de nuevos
detalles dirigidos a Lalo). Contó que a los 25 años voló desde Caracas, donde
vivía, a Buenos Aires, para reproducir desde aquí el trayecto en moto que había
hecho el Che Guevara.
–El Che y su amigo Granados a la
moto le llamaban La Poderosa ,
¿te acordás? –le preguntó a Lalo. Lalo no lo recordaba o no lo sabía–. La mía
era poderosa de verdad: una BMW. Bajé hasta la Patagonia , hice la Ruta de los Galeses y subí
por Chile. Hice una parte en barco...
–¿Siempre sola? –preguntó mi
mujer.
–Siempre –respondió Lisa–. Perú,
toda centroamérica, el Amazonas... Remonté el Amazonas en un lanchón. Escuchen
esto. Una mañana encontramos en la orilla a tres pigmeos de una tribu del
interior... Una piedra les había despanzurrado la canoa y estaban asustados
porque estaban lejos de la aldea y no podían volver sin la canoa. Los llevamos.
Pero el riesgo de comunicarse por señas es que puede haber malentendidos, ¿no?
Bueno, nosotros no nos entendimos. Dos días después llegamos a un claro en la
bifurcación del río. Los pigmeos se dieron cuenta del error: los habíamos
llevado en otra dirección. Ahora estaban más perdidos que nunca. Se bajaron y
me llamó mucho la atención que los tres anduvieran de aquí para allá en fila
india. El dueño del lanchón me explicó que eran pigmeos de una zona del
interior donde la selva era tan espesa que, habituados a caminar por senderos
estrechos, no sabían que podían hacerlo uno al lado del otro. Se apiadó, los
hizo embarcar de nuevo y les prometió que apenas me dejara a mí, volvería para
llevarlos al lugar correcto. ¿No es increíble? Estaban en un lugar abierto y
seguían caminando en fila india...
–¿Y nunca tuviste miedo? –insistió
mi mujer.
–No –dijo Lisa–. Tenía 25 años.
–¿Cuánto duró ese viaje?
–El del Che casi un año. El mío la
mitad. Iba rápido. La pasé muy bien, pero no había día que no pensara que lo
que estaba haciendo no tenía sentido. O a lo mejor tendría que decirlo al
revés: todos los días pensaba que lo que estaba haciendo no tenía sentido, pero
la pasé muy bien.
Se había recibido de socióloga...
Había trabajado como periodista... Su padre había muerto... Su madre seguía en
Venezuela... Fue ese día cuando contó que el domingo de su partida de Ramallo
pincharon una goma y ella estuvo tres horas más en el pueblo sin que nosotros
lo supiéramos. Al lado del viaje guevarista eso era nada, pero Lalo hizo de
pronto un chasquido con los dedos y exclamó:
–¡Te vi! ¡Y creí que estaba loco!
Todos lo miramos.
–¿Cómo que me viste? –preguntó
Lisa.
–Yo me quedé un rato ahí en tu
casa... Cuando te fuiste me senté en el tapialcito del frente y me quedé ahí un
rato, una hora, no sé... Después iba cruzando la Avenida y miré para allá y
te vi, pero pensé que no eras, que no podía ser. Te vi. Ahora que lo decís, te
juro por Dios que te vi...
Lisa se quedó pensando. Lalo de
pronto parecía mucho más animado. Mi mujer preguntó a propósito de nada cómo
era yo de chico. Lalo le guiñó un ojo a Lisa y dijo:
–¡Tremendo!
–No te creo –dijo mi mujer.
–Era tremendo, sí –confirmó Lalo,
ahora en serio–, pero de bueno. Si Ramallo fuera el único lugar del mundo y él
no hubiera tenido adonde irse nosotros seguiríamos siendo como hermanos.
Mi mujer me miró y se sonrió. Le
dije, explicándole:
–Lalo siempre me defendía...
–¡Yo también! –dijo Lisa y nos
reímos los tres.
Nora era una buena mujer, y era
inteligente también. Sus preguntas y comentarios sonaban desafortunados porque
entre Lisa, Lalo y yo había algo que, a pesar del tiempo transcurrido, la
expulsaba, por más amable y atenta que ella fuera. De hecho, en determinado
momento la miré y tuve la sensación de que era una extraña, y hasta me pregunté
qué hacía allí con nosotros. En el preciso momento en que sentí esa tristeza
ella se levantó para hacer un llamado. Así que de pronto ahí estábamos a solas
de nuevo los tres. ¡Éramos tan distintos... nos habíamos separado tanto!... No
había rastro en nosotros de aquellos adolescentes que se reunían cada noche en
una cuneta para hablar de nada y para desafiarse con la energía de la edad, de
nuestra potencia futura. Ahora Lisa usaba términos que a Lalo se le
escapaban... Había vivido una vida que me llenaba de desconsuelo, porque no se
parecía en nada a la vida que yo había imaginado que viviría: no se había
casado, no tenía hijos... Era una mujer libre, chispeante, culta, y estaba como
aureolada por una elegancia que contrastaba fuertemente con mi “normalidad” de
clase media y con la rusticidad pueblerina de Lalo. Después del viaje
guevarista había hecho un master de sociología en Harvard, había trabajado
varios años en una editorial de Nueva York, había sido amiga de Robert
Mapletorphe y de Kira Solanis, la chica que disparó contra Pollock, y a fines
de los 80 había regresado a Caracas, donde vivía todavía y donde dirigía una
publicación especializada. Tenía una mini plantación de marihuana en el jardín
de su casa y fumaba siempre con su madre, de 75 años de edad.
Lisa apoyó una mano sobre la mano
de Lalo, que había bajado la vista, y la retiró cuando Lalo volvió a mirarla.
–Tengo todas tus cartas –le dijo
ella en un susurro.
–¿En serio?
–Y las leo, también. De vez en
cuando también las leo.
–No me escribiste más...
–Ya no sabía qué decirte.
Lalo bajó la vista y enseguida la
levantó de nuevo, como si Lisa le hubiera tocado otra vez la mano.
–¿Puedo hablar adelante de él? –le
preguntó Lisa a Lalo, señalándome.
Yo hice ademán de dejarlos solos,
pero Lisa soltó una carcajada y me detuvo pisándome un pie y diciendo:
–¡Quieto ahí! Era un chiste.
¿Quién hacía los chistes malos en Ramallo?
–Lalo –dije yo.
–¡Lalo jamás hacía chistes! –dijo
Lisa riéndose.
–¿Qué ibas a decirme? –preguntó
Lalo, serio.
En ese momento Nora volvió
alarmada a la mesa diciendo que habían asaltado a un matrimonio amigo nuestro –más
amigos de Nora que de mí– y que a su amiga le habían pegado un culatazo en la
nariz. El esposo estaba en shock.
–Tengo que ir a verlos –dijo
agarrando su cartera y su abrigo–. No les dije que estabas conmigo, pero sería
bueno que más tarde si te hacés un minuto vayas a verlos, ¿no?
Se disculpó con Lisa y Lalo, me
hizo prometer adelante de ellos que esa noche comerían en casa y corrió a ver a
sus amigos.
Pedimos otra botella de vino
cuando Nora se fue.
–¿Hasta cuándo te quedas? –le
preguntó Lalo.
En toda una noche de conversación
con Lisa yo no le había hecho esa pregunta, ni hubiera esperado su respuesta:
–Me voy esta noche –dijo Lisa–.
Tengo que estar en Santiago de Chile mañana a la mañana.
–¿Viniste nada más que por un día?
–dije.
–Dos –corrigió Lisa–. Pasé por acá
para verlos a ustedes, nada más que para eso. Hacía años que tenía ganas de
venir... La próxima vez voy a quedarme más tiempo –dijo, y alzó la mano y
agregó–: Prometido.
El mozo sirvió un poco de vino en
la copa de Lalo y se quedó allí de pie esperando a que Lalo le diera su
aprobación. Pero Lalo tenía la vista perdida en algún punto de su plato. Le
hice al mozo una seña indicándole que dejara la botella.
–Se me ocurre una cosa –dijo Lisa
cuando el mozo se fue–. ¿Te gustaría venir conmigo?
–¿Yo? –preguntó Lalo.
–Claro, tonto, vos –dijo Lisa.
Lalo no enderezó la espalda. Todo
lo contrario: se encorvó lentamente, casi dejándose caer, como si algo lo
hubiera golpeado en el estómago.
Lisa dijo:
–Yo puedo cubrir tus gastos... No
tendrías que preocuparte por nada. Siempre pensé que te gustaría conocer mi
casa. La semana que viene hay una fiesta bastante secreta en las afueras de
Caracas por la llegada del año 2000, estoy invitada y podríamos ir y... Te
gustaría. Estoy segura de...
Lalo la interrumpió:
–Lisa... –le dijo–. Desde que te
fuiste no pasé un solo día sin pensar en vos. Toda mi vida te di vueltas... di
vueltas alrededor tuyo toda mi vida. Cuando me casé, pensé que si algún día
volvías y me seguías queriendo yo podría dejar a mi mujer. Cuando mi mujer me
dijo que estaba embarazada, lo primero que hice fue lamentarme, porque pensé
que si volvías yo no iba a poder dejar a mi hijo. Todo lo que hice, lo hice
siempre pensando en vos. Y ahora...
La voz se le quebró.
–Está bien, no importa –dijo Lisa–.
Fue algo que se me ocurrió...
Se hizo un silencio.
Yo estaba asombrado de que Lalo le
hubiera dicho eso a Lisa delante de mí. Pero ¿tenía sentido que Lalo, que había
esperado treinta años para decirle a Lisa que la seguía amando, esperara
también que yo me levantara?
–¿Un postre? –pregunté.
Nadie me respondió.
–¿Te acordás de lo que nos dijimos
cuando te fuiste? –le preguntó Lalo.
–Perfectamente –dijo Lisa–. Y no
me equivoqué: nunca me olvidé de vos. ¡Y eso que tuve mucho más de 40 amantes! –bromeó.
Después apoyó una mano sobre la mano de Lalo y le dijo–: Te quiero. –Apoyó la
otra mano sobre mi hombro y agregó–: Los quiero a los dos.
Nos quedamos un momento callados.
Lalo, con los ojos llenos de lágrimas,
movió el pulgar y le acarició lentamente la mano. Fue una caricia apenas
perceptible y al mismo tiempo enorme. Yo incliné un poco la cabeza sobre la
mano que Lisa mantenía en mi hombro, pero no alcancé a rozarla.
De pronto Lisa se levantó y dijo:
–Enseguida vuelvo...
Pero en lugar de dirigirse al baño
fue directamente hacia la salida del restaurante.
Supimos que no volvería a entrar.
Lisa había resistido hasta ahí, justo hasta el momento en que todo lo que había
que decir ya había sido dicho. Aun así, nos quedamos esperando un rato. Le
pregunté a Lalo por su hijo y me contó que estaba bien y que había empezado un
tratamiento.
–El otro día le conté una pavada y
me sonrió... –dijo.
Confieso que en varias ocasiones
(durante la noche anterior, en casa) estuve tentado de preguntarle a Lisa si
había sido yo el primer hombre que se acostó con ella. Pero no lo hice. Imagino
ahora que se hubiera reído al oír mi pregunta y que hubiera dicho “Estaba segura de que te habías pasado la
vida pensando en eso”.
Pagué la cuenta y llevé a Lalo a
la estación. Tuvimos suerte: en media hora salía un ómnibus para Ramallo. Me
disculpé por no quedarme a hacerle compañía hasta su partida, pero al menos no
iba a tener que esperar demasiado. Le dije que tenía algunos compromisos por
delante todavía, nos dimos la mano y caminé rápido hasta el auto. Fui a ver
cómo estaba la amiga de mi mujer.
Sergio Bizzio
(1966)
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